Este domingo fui a un spá situado cerca de Pirámides. Es el más completo de todos los que he visitado dentro de Madrid. Fuera de la capital prefiero el de Alcobendas, no tiene comparación con ningún otro y por tamaño podría clasificarse como parque de atracciones.
Me encantan los balnearios, son los sitios perfectos para relajarse. En éste al entrar te dan una toalla, zapatillas, gorro y una tarjeta de acceso un poco más grande que una tarjeta de crédito, metida en un soporte de plástico y sujeta a una cuerda que tienes que llevar en el cuello para poder disfrutar de algunos servicios como las camas de masaje.
Empecé con un baño de burbujas en una especie de tumbona sumergida en agua a 26 grados, luego unos chorros a presión por toda la espalda, incidiendo en los lumbares, el cuello y la nuca.
Cuando empezaba a rozar el cielo pasé a la piscina de al lado: Primero agua a presión en la planta de los pies, luego hidromasaje en los cuádriceps y por último, jacuzzi.
Rozando el orgasmo espiritual, entré en la sauna de vapor. Diez minutos más tarde, sudando como un animal y al borde del colapso, me tiré de cabeza a la piscina de agua helada. Los pezones se me pusieron como el timbre de un castillo. Qué mal rato.

Para terminar entré un rato en la sauna finlandesa. Afortunadamente estaba vacía así que eché un poco de agua sobre las piedras incandescentes para subir la temperatura y aproveché para tumbarme cuan largo soy. Cerré los ojos un rato notando cómo empezaba a sudar por cada uno de mis poros.
Cuando el calor empezó a ser insoportable, me incorporé para salir. O casi.
La tarjeta que llevaba colgada del cuello, se había colado entre los tablones que formaban los bancos de la sauna. Se había atascado colocándose de forma transversal y no me permitía levantar la cabeza. Por poco me parto el cuello. Volteé hacia abajo para intentar mover la tarjeta con los dedos pero no me cabían por las rendijas. Volví a hacer fuerza con el cuello intentando incorporarme pero sólo conseguí dejar la nuca en carne viva. La cabeza no me salía por la cuerda. El dolor y los 90º de la sauna empezaron a agobiarme. Grité como pude y golpeé las paredes con los puños intentando que alguien me socorriera.
Veinte minutos más tarde despedí a los chicos del Samur que tan bien se habían portado conmigo. No fue necesario ponerme suero (Aquarius hace milagros en las deshidrataciones leves) pero sí tuvieron que vendarme el cuello por las quemaduras producidas por el roce con la cuerda. Los puños, cubiertos de betadine.
De esta guisa volví a casa caminando tranquilamente, un poco aturdido. Me encantan los domingos y relajarme en el spá.