Siempre me he caracterizado por tener una fuerza de voluntad famosa entre amigos, familiares y conocidos. Donde pongo el ojo, pongo la bala, que dirían otros. Cabezota como sus muertos, dírían algunos más.
Ayer mismo decidí que esta misma mañana iba a ponerme al día con miles de correos atrasados, informes pendientes y un par de estadísticas que me están pidiendo a gritos. Como soy un hombre de palabra, he llegado temprano a la oficina, he encontrado encima de la mesa ese pedazo de cesta de navidad que lo ocupa todo, con sus botellas de sidras, cavas y champagnes, los turrones duros, blandos y de chocolate, sus ibéricos, sus mazapanes y varias cosas más y, con la alegría en el cuerpo, nos hemos ido a celebrarlo desayunando por todo lo alto.
Sobre las 11 o así decidimos que ya era hora de volver al trabajo, que está muy bien relajarse en fechas navideñas pero tampoco conviene abusar.
Llegando a la oficina me encontré con mi amigo Alberto probando su coche nuevo. Un TT impresionante, gris metalizado, con tapicería de cuero y chorrocientos extra más que en realidad no son extras porque vienen de serie. Tanto fardaba de coche que tuvimos que probarlo así que cogimos la R5 y, aprovechando que es de pago, excedimos ligeramente los límites de velocidad para probar la estabilidad, la dirección y la potencia de frenado.
De vuelta al curro (sobre la 1 o así) decidí pasar por casa para cambiar la camisa que había manchado con la vomitona, tengo esa fea costumbre de marearme cuando voy de copiloto. Gracias a dios el cuero se limpia bien. Al trabajo hay que ir elegante así que mientras me probaba un par de polos miré la entrevista que Ana Rosa estaba haciendo a José María Azanar que (según él) no quería hablar de política, pero debe ser que no podía evitarlo porque no hizo otra cosa. Fue muy curioso escucharle porque se escudaba en su calidad de profesor de políticas para repartir leña contra el Psoe, eso sí, con mucha suavidad. Más tarde Arguiñano hizo una fideuá y contó un par de chistes malos, como siempre.
Por fin en la oficina, me puedo poner manos a la obra. El caso es que a lo tonto, ha llegado la hora de comer y como voy a coger la tarde libre para llevar el coche al taller será mejor que me vaya ya. Mañana mismo me pongo al día con miles de correos que tengo atrasados, informes pendientes y un par de estadísticas que me están pidiendo a gritos. Y lo haré por la mañana, que a fuerza de voluntad no me gana nadie.