
Esta tarde fui a dar un paseo por la Plaza Mayor para ver la megailuminación que nos ha costado tanta pasta a los madrileños, y para respirar el ambientillo consumista de las fechas.
Como en otras ocasiones, volvió a surgir la duda de todos los años: ¿por qué la gente se pone pelucas en Navidad?. No termino de entenderlo.
Andaba yo reflexionando sobre este asunto cuando me encontré con mi amiga Concha, la Codos. La llamamos así porque habla hasta por esas articulaciones.
Entramos en uno de esos bares típicos tan ruidosos donde sirven riquísimos bocadillos de calamares a 2€. Me habló de su último novio, me contó su último viaje, nos reimos de amigos comunes. Me explicó lo de su despido improcedente y lo del acoso de su jefe, el mobing de su hermana y los vaqueros con peto de su hijo que llevaba para devolver. Hablamos del infarto de su padre, de los achaques de su madre, de su otra hermana Mamen la maestra, que ha tenido su quinto hijo.
Entre risas, cafés, ruidos y tónicas se hizo de noche y nos despedimos cordialmente. Fui corriendo a casa a tomar dos aspirinas. Concha habla tanto que no se dió cuenta que estoy mudo. Y es que a Concha no la llaman La Codos en vano.

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